Nuestras emociones más básicas han evolucionado para permitirnos escoger rápida e incoscientemente en situaciones que amenazan nuestra supervivencia.

Daniel Fessker y sus colaboradores de la Universidad de California, en Los Ángeles, indujeron ira a un grupo de sujetos. Después les hicieron participar en un juego de apuestas. Encontraron que los hombres, pero no las mujeres, apostaban más cuando estaban enojados. También descubrieron que la gente enfadada es menos generosa, y que es más propensa a optar por la primera cosa que se les ofrece que a considerar otras alternativas.

La repugnancia es una emoción que también tiene efectos interesantes. En otra investigación, llevada a cabo en la Universidad de Virginia, han comprobado que después de hacer pasar asco a ciertos sujetos, cuando les pedían que emitieran juicios de valor sobre cuestiones morales, como el incesto entre primos, comerse a su propio perro, o el soborno, los que habían padecido asco eran mucho más censores respecto a estos comportamientos que los otros.

En otro estudio comprobaron que la gente que estaba triste se tomaba su tiempo para cosiderar las varias opciones frente a una oferta, y al final terminaban haciendo las mejores elecciones. De hecho, muchos estudios muestran que las personas deprimidas tienen una versión más realista del mundo, “realismo deprimido”.

Un ejemplo: el vehículo ha perdido el control. Si gira a la derecha, atropellará a tu hijo, seguir a la izquierda, matará a un grupo de personas que espera el autobus. En un experimento dirigido por el neurólogo Antonio Damasio se vio que las personas sanas elegían salvar a su hijo, mientras que aquellas que tenían lesiones en áreas emocionales del cerebro elegían salvar al grupo; una decisión, por otra parte, más racional.

Vía | revista Quo.




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